La salud se construye o se deteriora en la vivienda, en el trabajo, en el colegio, en la alimentación diaria, en el barrio y en los vínculos sociales. A pesar de esto, el modelo sanitario español sigue destinando la gran mayoría de sus recursos a la atención curativa, mientras deja en segundo plano la prevención y la promoción de la salud.
Según datos de la OCDE, España dedica menos del 2% del gasto sanitario público a actividades de prevención, una proporción claramente insuficiente si se tiene en cuenta que la mayoría de los problemas de salud podrían evitarse o retrasarse con medidas preventivas adecuadas.
La salud pública, como disciplina y como estructura institucional, sigue infravalorada y subfinanciada, pese a haber demostrado su papel estratégico durante la pandemia.
Determinantes sociales de la salud
La evidencia es contundente: los factores que más determinan la salud de las personas no son estrictamente médicos, sino sociales y económicos. Condiciones como el nivel educativo, los ingresos, el tipo de trabajo, el acceso a vivienda digna o la red de apoyos sociales tienen más impacto en la salud que muchos tratamientos.
Las desigualdades sociales se traducen directamente en desigualdades en salud. En España, la esperanza de vida puede variar hasta 10 años entre barrios de una misma ciudad según el nivel socioeconómico. Las tasas de obesidad infantil, por ejemplo, son mucho más altas en entornos empobrecidos. Lo mismo ocurre con los trastornos mentales, las enfermedades crónicas o el consumo de sustancias.
Cuidar la salud, por tanto, exige mirar más allá del sistema sanitario. Exige políticas intersectoriales, coordinación institucional y una implicación activa de las comunidades.
Promoción de la salud: más que campañas
En demasiadas ocasiones, la promoción de la salud se ha limitado a campañas de información o a la entrega de folletos en centros de salud. Pero promover la salud no es simplemente informar: es crear condiciones para que las personas puedan vivir de forma saludable, y eso implica modificar entornos, eliminar barreras sociales y garantizar derechos.
Por ejemplo, no se puede promover una alimentación saludable en barrios sin supermercados con fruta fresca a precios asequibles; ni fomentar la actividad física en zonas sin espacios públicos seguros o accesibles. No basta con decirle a la gente que deje de fumar o que se cuide más: es necesario acompañar, intervenir en el entorno, y hacerlo de forma comunitaria.
La salud comunitaria: cuando el cuidado es colectivo
La salud comunitaria parte de una idea simple y poderosa: la comunidad también cura. Iniciativas de participación vecinal, redes de apoyo mutuo, programas escolares de educación para la salud, proyectos de mediación cultural, acompañamiento en salud mental o actividades intergeneracionales son parte de un enfoque más amplio, en el que la salud no es algo que se da desde arriba, sino que se construye entre todos.
En varias comunidades autónomas existen ya equipos de atención primaria que integran enfoques comunitarios en su práctica cotidiana. Algunos desarrollan diagnósticos de salud participativos, otros impulsan “recetas sociales” (como derivaciones a actividades culturales, deportivas o vecinales), o colaboran con asociaciones locales para abordar problemas de salud desde la raíz.
El papel de trabajadoras sociales, educadoras para la salud, psicólogos comunitarios y agentes de salud interculturales es clave en este enfoque, pero su presencia es aún muy limitada en el sistema público.
Aprender de lo que funciona
Durante la pandemia, muchas redes informales de apoyo vecinal, colectivos feministas o grupos de voluntariado jugaron un papel crucial para atender a personas mayores, repartir alimentos o acompañar emocionalmente. Estas experiencias demostraron que la salud no puede disociarse de los vínculos comunitarios.
Algunas ciudades han empezado a tomarse en serio esta dimensión: Barcelona, Madrid, Zaragoza o Sevilla cuentan con estrategias locales de salud comunitaria, en mayor o menor grado. Pero aún falta una estrategia estatal firme que articule estos esfuerzos y los dote de financiación y reconocimiento institucional.
La prevención es una inversión social
Invertir en salud pública, promoción y prevención reduce el gasto sanitario a largo plazo, mejora la calidad de vida, y fortalece la cohesión social. Sin embargo, sigue siendo la gran olvidada en los presupuestos.
Necesitamos una política sanitaria que asuma que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino bienestar integral. Eso exige actuar sobre las causas estructurales de la mala salud y construir comunidades capaces de cuidarse colectivamente.
No se trata solo de cambiar cómo nos curamos. Se trata de cambiar cómo vivimos.
Preguntas para el debate
- ¿Por qué se invierte tan poco en prevención y promoción de la salud?
- ¿Cómo se pueden incorporar los determinantes sociales de la salud en las políticas públicas?
- ¿Qué experiencias de salud comunitaria merecen ser escaladas o replicadas?
- ¿Qué actores no sanitarios deberían estar implicados en la promoción de la salud?
- ¿Cómo lograr que la prevención sea una práctica estructural y no ocasional?
